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Rosa Montalvo Reinoso En una entrevista realizada en el año 1964 por Günter Gaus a Hannah Arendt, éste le pregunta: “¿Qué queda y qué se ha perdido irremisiblemente?” Luego de una breve pausa ella dice “queda la lengua” y él repregunta inmediatamente “¿y eso significa mucho para usted?” a lo que ella contesta: “Me he negado siempre de manera conciente a perder mi lengua materna.”
Dice Hannat Arendt que hay una distancia entre la lengua materna y todas las demás, que ella sabe todas las poesías de memoria en alemán. Seguramente ella haya soñado, odiado y amado en alemán, su lengua materna, la única en la que una persona es capaz de expresar de forma profunda sus sentimientos, aunque hable y escriba en otras, como en el caso de Arendt. Esta reflexión viene al caso en un momento en que tanto se ha escrito y hablado sobre la acción discriminatoria del diario Correo por la “mala” escritura en español de la congresista Hilaria Supa, quechuahablante, autodidacta, quien aprendió el castellano como una imposición, como otra más de las múltiples violencias que tuvo que vivir en su vida desde la niñez. Porque Hilaria Supa es hija de la violencia, de la violencia de género, de la violencia étnica, de la violencia de clase que el periodista de Correo no ha hecho sino expresar abiertamente. Al igual que Arendt, Hilaria Supa ha sido una tenaz y persistente defensora de su derecho, constitucionalmente reconocido, de hablar en su lengua materna. No hay sino que recordar su juramento cuando asumió junto a María Sumire el puesto para el que había sido democráticamente elegida. Fueron ellas las primeras que exigieron juramentar en quechua, cosa que no se había hecho hasta el momento, pues pese a que no eran las primeras quechuahablantes, fueron las primeras congresistas que reivindicaron su derecho a juramentar y a hablar en su idioma materno, en el principal recinto de deliberación del país, dando así un paso enorme para el reconocimiento de la diferencia y la diversidad. Siendo el Perú un país tan diverso, el Congreso debería estar copado de múltiples representaciones que den cuenta de tanta diversidad de pueblos y culturas que afortunadamente existen aún en el país. “En casos en que se olvidaba la lengua materna ¿tiene usted la impresión de que se trataba de una represión?”, pregunta Hunter a Hannah Arendt. “Sí, con mucha frecuencia,” responde ésta. Es que la discriminación ha significado que la población indígena quechua no quiera hablar en su lengua, que la niegue para sus hijos e hijas pues termina siendo considerada la lengua del inferior, del estigmatizado, del pobre, del ignorante, del no civilizado. Entonces, la negación es parte de ese proceso de mimetización que posibilita en alguna medida el acceso a determinados derechos. Se reprime al que habla en su lengua materna, se exige que deje de ser quien es, de expresar en sus propios códigos sus pensamientos e ideas. Se restringen derechos para gozar de derechos. ¡Qué contradicción! Pero en ese contexto de imposición y de discriminación existieron siempre luchas y voces como las de Hilaria, reclamando su derecho a hablar en su propio idioma, sin que ello signifique negarse a hablar y escribir el castellano. “Mi primera propuesta sería que se enseñe a los niños en su lengua materna y que poco a poco aprendan el castellano como segunda lengua, como una lengua que necesitan para poder comunicarse con las hermanas y hermanos de otras partes del país y de otros países.”(1) Poco a poco, dice Hilaria, como segunda lengua para comunicarse, para aprender de los otros y las otras, como parte de políticas públicas educativas realmente interculturales, porque Hilaria, al igual que miles de hombres y mujeres quechuahablantes, aymaras, ashaninkas, yines, shipibos, awajún, etc., ha vivido lo que significa la imposición de otro idioma, que tenía que aprender sólo porque era el idioma que “valía”, el que les abriría las puertas a ese mundo permanentemente negado. Los hombres y las mujeres indígenas saben el costo de hablar un castellano “motoso” como han oído decir, saben lo que es confundir las palabras y han vivido la violencia por eso. “Mi tía me llevó a Arequipa y como mi tía hablaba quechua, ahí estaba un año con ella pero sus hijos no entendían quechua y cuando no sabía hablar castellano me pegaban y me decían, oye india, oye serrana no sabes hablar castellano y me insultaban y otros niños de la calle también y yo siempre estaba llorando, pidiendo a mi abuelito que vuelva para que me lleve a mi tierra pero nunca llegó él, ya pues a la fuerza he aprendido, por ejemplo cuando me mandaban a la tienda yo tenía que, va a comprar aladino, me dijo, y he comprado harina, entonces me dice ¿qué has comprado? ahí está señora lo que he comprado, oye india bruta yo te he dicho que compres aladino, fa fa fa, me dio mi golpe, ya regresa a la tienda, entonces por todo el camino llorando decía aladino, aladino, aladino, repitiendo y desde esa fecha yo me acuerdo cada vez que me mandaban a comprar siempre iba a la tienda repitiendo, repitiendo cantando llegaba a la tienda y luego cuando llegaba, señora déme esto, yo decía, antes que me olvide.”(2) Y así es como Hilaria, igual que otras miles de mujeres indígenas del país fueron construyendo sus vidas y la de sus comunidades, a golpes, con el signo de la violencia que surge en cada relato que tenemos la oportunidad de escuchar y ellas de contar. Pero pese a lo que pueda suponerse y pese a la imagen que se tiene de las mujeres campesinas e indígenas, sus relatos no son de conmiseración, de víctimas para generar penas y falsas solidaridades, sino de dignificación y de propuesta. “Todas las lenguas constituyen una reserva de sabiduría acumulada por generaciones de hablantes que han tenido una particular e irrepetible relación con el mundo,” dice el pronunciamiento de los profesores de la Sección de Lingüística de la Pontificia Universidad Católica del Perú. A propósito de ello, es interesante revisar el testimonio de Hilaria Supa, publicado en el 2001, titulado Hilos de mi vida, y que se lo entregó generosamente a la congresista Hildebrandt, quizá en un esfuerzo de que la conozca más de cerca, que sepa de su historia, de sus ideas, su forma de ver y entender la vida. En este testimonio, traducido al castellano y al inglés, ella da cuenta de esa sabiduría acumulada. Al hablar sobre la forma cómo se realizan los partos y la deshumanización y maltrato que suele implicar la atención en los servicios de salud propone que se realicen de acuerdo a lo usos y costumbres de las mujeres, “bien abrigadas, con mates especiales”, dice. Si a alguna persona se le ocurre revisar la Norma técnica para parto vertical con adecuación intercultural, del Ministerio de salud verá que eso se incluye ahora para la atención del parto. La sabiduría de las mujeres indígenas finalmente recogida en una política pública. Un punto que es importante resaltar y que no deja de sorprender, gratamente, es el consenso surgido en cuanto a condenar las afirmaciones de Correo, la solidaridad con Hilaria, desde el Congreso de la República, desde los periodistas, las instituciones democráticas, la ciudadanía en general. Esta reacción es un signo de esperanza para la democracia pues da cuenta de que sí hemos avanzado en cuanto al reconocimiento del otro y otra, de la diversidad. Las múltiples muestras de solidaridad con Hilaria nos dicen que algo está cambiando en el país. ¡Enhorabuena!. “Hablo quechua y no me avergüenzo,” dice Hilaria y en su voz se escuchan a miles de hombres y mujeres quechuas que cada día van despojándose del miedo, ganando autoestima, defendiendo su lengua, porque saben como lo expresaba Arendt que la lengua es lo que queda. Notas:
(1) Hilos de mi vida: El testimonio de Hilaria Supa Huamán, una campesina quechua, Willkamayu editores, 2001 (2) Entrevista realizada por la autora.
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