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Christian Reynoso Asociación SER Tal cual cura Esquivel en la novela “Febrero lujuria” (Matalamanga, 2007) que me llevó más de quince años observar y otro tanto en escribir, el obispo Jorge Carrión ha desembocado en su homilía del 2 de febrero, día de inicio de la Fiesta de la Candelaria, una andanada de cucufata moral propia de la contradicción de Esquivel, acaso del mismo Carrión.
Carrión se ha pavoneado en su sermón con un baño de reflexión (ver sus declaraciones en Los Andes 03/02/09) utilizando una serie de adjetivos que configuran la ostentación de su poder como obispo de Puno. Inevitable e irresistible necesidad ante tan nutrida feligresía. Por eso que no haya escatimado en considerarse desde el altar como el “dueño” de la Virgen de la Candelaria, casi de manera obsesiva como también lo demuestran los fanáticos integrantes de la Hermandad de Celadores de la Virgen, que más o peor que Carrión se sienten dueños de ella. Hace muchos años que la Fiesta de la Candelaria ha dejado de ser una festividad religiosa de devoción y fe a la Virgen Candelaria, si alguna vez lo fue en el sentido estricto. Pretender que ahora sea así linda con el discurso intolerante y siempre impositivo de la iglesia católica, aún más con la conocida postura conservadora de Carrión. Más bien, la Candelaria se ha convertido en una fiesta pagana donde la fe, la danza y la cerveza se han conjuncionado para crear un espacio aún más complejo de servidumbre a la Virgen. Y esta peculiar forma de hacerlo no debería ser necesariamente condenable. A través de la ficción de “Febrero lujuria” he tratado de evidenciar el otro lado de la fiesta, aquel en donde todos los participantes de la festividad se sienten más a gusto, aunque a veces guarden cierto recato beato. Aquel, en donde el movimiento de danza y el vaso al tope y seco de cerveza se conjugan como el cáliz de devoción a la Virgen. Casi, casi, como si el agua bendita de la Candelaria fuese esa dorada y espumosa bebida. Como muchos dicen, sin cerveza no hay fe. Así, mientras más cajas de cerveza se ofrezcan, la bendición de la Mamita será mayor, afirmación que se oye en medio de las bandas de músicos cada vez que se contabilizan los compromisos y se toca la obligada diana. Critiqué también a través de mi novela a quienes no aceptaban esta realidad como tal, llevados por una supuesta fe puritana de ribetes conservadores que, con frecuencia, se disuelve en la picazón de danza y el mareo nocturno. Carrión acierta cuando dice que la Virgen es el pretexto para la borrachera. Eso no es ninguna novedad. Para el obispo es criticable; para los danzantes, espectadores, diablos, diablas, con o sin fe, es el complemento inevitable que la fiesta otorga con toda legitimidad. Dicen que la borrachera provoca diablos azules. Pues bien, no es casual que la Diablada sea la danza más importante de la fiesta. La contradicción y el antagonismo entre el bien, la Virgen Candelaria, y el mal, los diablos danzantes, explica ese caramelo miel tan atractivo a propios y extraños que hace de esta fiesta una de las más atrayentes y multitudinarias del Perú. A la Fiesta de la Candelaria ya no es posible comprenderla sólo como un espacio de devoción a la imagen de la Virgen. Eso ha ido desapareciendo paulatinamente. La Candelaria, por un lado, es la liberación personal y colectiva de un pueblo que expresa su fe de manera pagana a través de la danza y la cerveza, y que con el correr del tiempo, se ha instalado en el imaginario de la tradición y la costumbre. Ora positivo, ora negativo, ya no importa. Por otro lado, la fiesta ha logrado la interacción de un gran movimiento comercial, turístico y de inversión que, sin duda, deja muchos beneficios económicos a la ciudad y que como visión de futuro crecerá hasta que Puno se convierta en una ciudad de exclusivo destino turístico, ya no sólo en febrero con la Fiesta de la Candelaria sino de manera permanente durante todo el año. Los más de veinte hoteles sólo en las pequeñas calles del centro de la ciudad y muchos de ellos con una gran calidad de servicio, son apenas un indicador de ello. Todo ello no sería posible si la fiesta no tuviera las características que tiene. Aunque estos puntos no sean precisamente de la devoción del obispo Carrión y compañía, la realidad apabullante y festiva se ha impuesto de esta forma. Querer subvertir esta realidad sin comprender la génesis pintoresca de las danzas en relación a la Virgen será imposible, menos aún en contraposición al albur festivo y borrachín de los puneños. Que la fiesta sea así es la oportunidad para que Puno salga del anonimato y estigma social por culpa de la mayoría de sus mediocres autoridades y se instale en el escenario mundial como destino turístico. Puno sin Fiesta de la Candelaria, Puno sin Virgen, Virgen sin diablos, diablos sin cerveza, puneños sin danza, sólo implicaría apartarse de un mundo de descubrimiento. Así como en noviembre se discute una y otra vez la fundación o no de Puno, en febrero se discutirá y cuestionará, una y otra vez, la pertinencia de la Festividad de la Candelaria y sus excesos. Mientras creyentes de larga sotana y no creyentes de poca vergüenza se desgatiñen en largos sermones, afuera, en las calles, los bombos, sikuris y cornetas anunciarán los pasos de los danzantes. Diablos y diablas saltarán frente a su Virgen Candelaria, libres de prejuicios y fanatismos. Quizás no caería mal que una bota de caporal o diablo, o una media nylon de alguna china morena sea lanzada al obispo Carrión en señal de protesta.
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