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Juan Mendoza Finalizado el día domingo, tres hechos sacuden los sentimientos de los peruanos. Machu Picchu declarada una de las maravillas del mundo, el entierro del grupo Néctar y la derrota de nuestra selección por un contundente, cuatro a cero a manos de la selección Argentina. Esos sabores, y estados de animo, mezclados dan una extraña sensación, un instante inédito, que si lo digerimos bien, podrían servirnos para el futuro y alejarnos de los fantasmas del pasado. Néctar nos gritó y mostró desde el exilio, una forma de vivir y una forma de morir de millones de peruanos emigrantes. Desde un país que aún no nos pide visa para visitarlo y donde una elemental convivencia democrática, obviamente de una democracia también elemental, se impone salarios básicos mayores que los nuestros, políticas de seguridad social más amplias y un consumo subsidiado de un concepto que ha desaparecido en nuestro país, la canasta básica, y entre ella, un precio barato de la carne, como parte de su identidad argentina. Peruanos talentosos, fugan, no se exportan, como el Grupo Néctar, producen para sociedades extrañas a cambio de que su trabajo sea reconocido con algo de dignidad y desde la marginalidad que producen los exilios, se alimentan cotidianamente de las ansias de volver, impedidos por murallas nacionales, impuestas por la tosca cultura ultraliberal en el poder, que habla en norteamericano o japonés y paga sueldos en africano, donde el tráfico humano es legal a través de los services, donde los salarios están hechos a medida de los Gubbins y donde el quebrantamiento de la salud es la ruina familiar. Néctar ha vuelto a medio camino de sus sueños y nos ha despertado de los nuestros. En otro escenario, la selección de fútbol y la política andan empatadas en el país. Son aún un estado de ánimo y sin goles. La política desde el poder, sin oposición, diferente a la protesta, ha optado por conseguir popularidad para legitimarse, se esfuerza en construir un estado de ánimo favorable al líder a toda costa y desarrolla toda clase de experimentos, mediáticos e inmediatistas, obviamente, gana uno que otro partido pero pierde los de fondo. Con la selección apostamos casi exclusivamente al resultado, sorpresivo y hasta mágico y nos olvidamos del fútbol y sus instituciones. Me asustaba entender que un hipotético e improbable triunfo ante Argentina, hubiera hecho de Uribe un gran entrenador y que Burga legitime su reelección, ò, en el otro extremo, ver a nuestro presidente en hombros de los afectados del friaje y de los beneficiarios de Sierra exportadora. Como una buena medicina preventiva, el 07.07.07, hubo un baño de optimismo, Machu Picchu era declarada maravillosa. Machu Picchu y el pasado que hemos heredado de los peruanos de siempre es curiosamente, cada vez más, un elemento muy difundido de nuestra identidad nacional, una identidad que se construye desde abajo, desde lo popular al margen del poder. Con las manos sobre esos muros, al igual que Arguedas, todos nos sentimos y reconocemos peruanos, seamos limeños, charapas, arequipeños, cholos, blancos, jóvenes, viejos, patucos, misios, negros o cholos. Una hermosa sensación también acompañó este hecho, un sentimiento de unidad nacional de optimismo y de participación, un convencimiento de que es un logro de todos, imposible de privatizarlo, mostrándonos y gritándonos de que si se pudo, de que si se puede. Hay aquí un camino, una forma de transitar, que esta todavía lejos de las intenciones, acciones y ojos del poder; peor aún, empecinada y de espaldas al sentimiento creado en torno a Machu Picchu, se construye, afanosa, el modelo Asia en los balnearios del Sur de Lima, como un aporte a la exclusión de parte de los reales beneficiarios del crecimiento económico del país, sin entender que el frío no mata, sino la pobreza, viendo empresarios exportadores donde hay comunidades. Estos días nos demuestran esa vieja dualidad, esa vieja distancia entre el Perú real y oficial, los primeros con su protesta, sus dolores, sus triunfos, sus derrotas y un poder epidérmico, distante e intolerante a pesar de las medallas post mortem. A un año de gobierno, deberíamos releer los resultados electorales, mirarlos sobre todo cualitativamente. Qué significó ese 52 y 47 por ciento en la segunda vuelta. Si asumimos que el país se polarizo entre el voto pro sistema y contra sistema, es valido preguntarnos, cuánto hemos avanzado en institucionalizar la democracia política, económica y cultural del país. Me temo que muy poco, pero también queda claro, que estamos ante oportunidades maravillosas, que no pasan por mirar arriba, sino a los costados.
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